Soy malo para leer finales

Debo ser honesto: soy malo para los finales. Cuando se avecina un gran cambio y un final, me siento ansioso, temeroso y expectante. Lo mismo me sucede si es algo de mi vida o de un libro. Junto con todo esto, se avecina una sensación de nostalgia prematura con cada historia ficticia que concluye. Siempre quiero que dure mucho, postergo, procrastino. O quiero que pase rápido, me apresuro, no disfruto y olvido.

Muchos critican a algunos autores de predecibles: sus giros y conclusiones se ven venir desde el primer tercio del texto: aunque los detalles sean inesperados, la estructura resulta fácil de prever. Los ejemplos abundan en las historias de fantasía moderna que recibieron gran influencia de Tolkien.

A otros autores, como por ejemplo le sucede a Stephen King, los juzgan por ser malos con sus finales: los lectores dicen que los viajes son fabulosos, pero que muchas veces el recorrido tiene un final poco satisfactorio.

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A mí como lector, si los libros me juzgaran, compartirían quejas similares. Me es muy difícil leer más de un libro a la vez y el día en que termino uno (en ocasiones la semana entera) no puedo comenzar el siguiente. Cuando la pila de libros por leer y la lista de títulos por comprar son de 20 y 109 respectivamente, ser un lector lento es una historia de horror en sí misma. Estoy consciente de la tragedia inevitable: esas listas crecerán y moriré antes de leerlas por completo.

Los inevitables finales

Cuando me acerco al final de un libro, en ocasiones se hace tarde e intento apurarme. El sueño me vence y aunque leo todas las palabras no entiendo ni la mitad. Al siguiente día debo releer las últimas dos o tres páginas para recordar. Entonces el final se vuelve amargo, distante del resto del texto y además no me permite tomar un nuevo libro hasta la mañana próxima.

Otras veces los leo con cuidado, como imagino que fueron escritos por sus autores: palabra por palabra elegida con mucha atención y precaución. Me concentro. Imagino. Recuerdo, mientras leo, todo el viaje y cómo es que, aunque parezca imposible, tres o cuatro párrafos más adelante todo terminará: una oración, una página, un capítulo y muchas vidas verán el fin. Me siento satisfecho. Una semana más tarde he olvidado cómo terminó el maldito libro. Me siento insatisfecho.

Hay autores que escriben muy buenos finales. Otros crean magníficos viajes que simplemente terminan, como la vida, de pronto. Algunos más se destacan por los malos finales. Yo resalto por la pena que me da leerlos y olvidarlos, por el gusto que me causa regresar a ellos con la curiosidad de la primera vez y volver a preguntarles «¿cómo terminará todo?»

 

Escribo propio y edito ajeno. Leo menos de lo que quisiera. Juego más de lo que debería. Disfruto estar con quienes amo, el cine, los libros, las niñerías y las ñoñerías. Recomiendo cositas en twitter.