La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata | Reseña

Volví a leer a Kawabata. Sus libros tienen una combinación de brevedad y melancolía que he disfrutado mucho. Si bien me peleo mucho con «la muerte del autor» cuando es tomada al extremo y como única forma válida de interpretar un texto, disfruto mucho cuando me adentro en un libro sin tener ningún contexto más que las palabras frente a mí. Así llegué a «La casa de las bellas durmientes».

Mucha gente llega a esta novela porque Gabriel García Márquez colocó un breve fragmento al inicio de «Memoria de mis putas tristes». Si bien ambos libros tocan temas en común, son muy distintos. De cualquier forma me da gusto haber llegado «en blanco» a esta lectura.

Si me pidieran que lo definiera en una palabra estaría en twitter, no acá. Pero si me obligan, diría que es un libro raro. Bajo una premisa ultrasexista y con un desarrollo igual, tiene momentos cautivantes. Leerlo es intrigante y un tanto desagradable al mismo tiempo. Si bien el protagonista no es alguien agradable, su mirada invita a buenas reflexiones sobre la mortalidad, el amor, la vida y la autopercepción. Todo termina en un momento abrupto, un tanto inesperado, y surge como resultado de una realidad brutal.

Anciano ante atardecer

¿Sexista?

Sí, «La casa de las bellas durmientes» puede escucharse como un título romántico, pero el contenido está lejos de serlo. Existe una casa. Ahí atienden a hombres viejos. Ellos pagan para dormir junto a mujeres jóvenes narcotizadas. Hay una serie de reglas o condiciones que siempre se cumplen:

  1. Las mujeres están dormidas desde antes de que los hombre entren y permanecen así hasta después de que ellos se van a la mañana siguiente.
  2. Los hombres solo pueden dormir con ellas y no pueden hacerles nada «de mal gusto» como «poner un dedo dentro de su boca» (alegoría muy obvia).
  3. Las mujeres están desnudas y son jóvenes.
  4. Los hombres son viejos.

Cada noche el viejo Eguchi va a la casa sin avisar con mucho tiempo. Cada noche le presentan a una chica distinta debido a que llega de forma un tanto repentina. Cada noche, el viejo Eguchi duerme a su lado, reflexiona sobre distintas etapas y partes de su vida, como su relación con su hija y su propia juventud. Cada noche la reflexión se entremezcla con los sueños de Eguchi.

Las bellas durmientes: mundo poco lejano

Japón está lejos, al otro lado del océano más grande si estás en América. Si estás en Europa hay que cruzar el continente más grande para llegar. Sea como sea, Japón está muy pinche lejos del mundo occidental. Sin embargo es triste que ni la distancia geográfica o temporal (la novela se publicó en 1961) hagan que se sienta lejana la mercantilización y cosificación de las mujeres.

Cada noche que Eguchi va a la casa de las bellas durmientes descrita por Yasunari Kawabata de forma escueta, conocemos más de él. Y al saber más de su idiosincrasia, surgen las dudas de los límites entre lo individual y lo cultural. El protagonista deja ver ante todo una obsesión con la vejez que expresa constantemente.

Por un lado remarca incesantemente que él no es tan viejo como los otros viejos que van a la casa; él aún es un hombre. Es decir, liga toda su identidad a su virilidad, y esta a su capacidad para tener sexo. En pocas palabras él todavía puede, y eso lo hace más hombre, es más, eso lo hace hombre, y no viejo.

A su vez esto se relaciona con su comportamiento que vincula ser hombre con el sexo y las posibilidades de tener mujeres jóvenes y disponibles a su lado como objetos. Las mira y las toca. Una noche en la que decide que romperá la regla de la casa, antes de abusar por completo de la mujer a su lado, se percata de que esta es virgen, lo cual lo lleva a reflexionar más sobre la juventud, la vejez, la vida y la muerte en noches subsecuentes, y sobre todo, a detenerse antes de hacer algo peor.

Virginidad, virtud y maldad

La idea fantástica o fantasiosa de que es posible «detectar» la virginidad de una mujer, como cualidad de un hombre que es hombre, evidencia la personalidad sexista y violenta de Eguchi. Él es hombre no solo porque pueda tener sexo, sino porque puede hacerlo cuando quiera, sin consentimiento. Claro, él nunca lo expresa así (y sobre si Kawabata tuvo esa intención o no, su estilo maravilloso reside en lo sutil y ambiguo).

El viejo es: a) hombre porque puede tener sexo, b) capaz de tener sexo cuando quiera, c) mejor que los demás y d) malo. Si la virginidad y la virtud son algo que él no se atreve a quitar o tomar, es porque sabe que sus acciones irían en contra de esa idealizada virtud moralina asociada a la virginidad femenina. Por tanto las acciones e intenciones de Eguchi se justifican porque es malo, es natural como hombre cumplir con los incisos a, b y c.

Lo único que lo detiene de cometer un mayor abuso a las bellas durmientes es descubrirlas vírgenes y por ende recordar a su propia hija y su idealización de las mujeres frente a él. Por supuesto que eso no lo detiene de seguir pagando por ir a dormir a su lado y tocarlas, pero en sus obsesiones personales hay también una moral retorcida en la que vale más una mujer virgen que una que no lo sea (sin importar el consentimiento). Él incluso alcanza algo de bondad al tener esa falsa misericordia de no «hacerles nada de mal gusto». Quién lo hubiera imaginado…

Callejón con casas de piedra durante el día.

Confrontar la mortalidad

Al mismo tiempo que el escenario que se repite cada noche es desolador, violento y desagradable, contrasta con la muerte. Las chicas narcotizadas, son meros bultos con algo de pulso, al borde de la muerte y a merced de quienes duermen junto a ellas. Los viejos que van ahí, en el otro extremo de sus vidas, están conscientes y son agentes capaces de todo lo que deseen. Eros y Tánatos contrapuestos dos veces: en cada cuerpo y en la pareja misma.

Esto lleva a Eguchi a reflexionar sobre momentos significativos que su mente evoca sin mucho esfuerzo ni demasiada intención de parte del viejo. Si los orgasmos son una muerte pequeña, Kawabata escribe las noches prolongadas de Eguchi como un largo vestíbulo previo a la muerte. Toma horas y una sucesión de noches enteras que el protagonista vea su vida frente a sus ojos (y a qué costo).

Estar tan cerca del máximo éxtasis y al mismo tiempo no alcanzarlo hace que Eguchi sea, para efectos prácticos, igual que esos otros viejos que critica. Ya es en lo que teme convertirse y no se da cuenta. Ya no es un hombre y si no lo es ¿qué le queda? A su manera de ver el mundo, ya está muerto.

Escribo propio y edito ajeno. Leo menos de lo que quisiera. Juego más de lo que debería. Disfruto estar con quienes amo, el cine, los libros, las niñerías y las ñoñerías. Recomiendo cositas en twitter.

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